jueves, agosto 10, 2006

Recorriendo el Uruguay



EL SEÑOR DEL CERRO DE LAS CUENTAS.

Mientras conversábamos amablemente en la pequeña policlínica de paredes encaladas, tratando de abarcar el buen trabajo de aquella funcionaria solitaria en la siesta campesina, sobrevolaba mis pensamientos el cerro muy próximo. Desde allí sentía poderosamente la llamada de quienes lo poblaron en otros tiempos.

Al finalizar la reunión, y agradecer a quien en forma casi anónima y sacrificada nos recibió por la tarde –de la siesta ineludible– marchamos hacia el Cerro.

La atracción de todos era casi fatal, teníamos que visitarlo, se dice que allí era un enterramiento de los indios arachanes. Las maestras de la escuela llevan a sus alumnos para que vivan de cerca la historia. Se transmite por tradición oral que allí se encuentran – si uno es paciente y tiene tiempo- restos de una alfarería primitiva, transformada en elementos para collares, o quizá – quien lo puede asegurar- para rituales o la medición de los días , uno a uno en cada cuenta roja y negra, o marrón como la tierra que los cobijaba.

La camioneta acostumbrada a otros caminos, sigilosa y traqueteante se acercaba al monumento de piedras, pastos ralos y un camino sinuoso que lleva a su falda.

Para entrar tuvimos que bajar y abrir una tranquera, pienso que desde siempre he abierto tranqueras en mi mente, pero nunca una tan austera, tan invitante como esta. Y llegamos a una casa enorme vencida por los años, descascarada por los vientos pero aún enhiesta como un general de la guerra Grande.

Cuando cansado el vehículo se detuvo salieron del predio dos enormes perros ladrando furiosamente a estos intrusos. Una voz los detuvo diciendo: no tengan miedo …son buenos!! Y lo eran .Bastó sólo esa frase diminuta para que movieran la cola y nos recibieran , su dueño, campechano y risueño, pícaro detrás de los bigotes canos, esperaba nuestro saludo. Y nos reconocimos y apretamos las manos, nosotros de la ciudad, él afincado en los pagos de Cerro Largo, una continuidad del hombre en su tierra, sus pastos, las piedras.

Orgulloso nos mostró sus tesoros, un muro muy antiguo de enormes bloques y cuñas sin cemento ni barro que los sostuviera, que… ¿de cuando estuvo allí?...desde que la familia tiene memoria…pasaron las generaciones y si rastrea Don Piriz- así se llama- en la historia de sus antepasados , el muro se une con indios y esclavos. Allí estuvo para la yerra, para el cobijo y la batalla.

Don Piriz- le dije- podemos visitar el Cerro?

Claro , que sí, les muestro el camino- respondió –

Dígame , de quien es el Cerro?-pregunté – movida por el deseo de saber más,de recrear la historia con la historia viva de esa familia.

Pues mío- respondió, ese y algunas cuadras de campo, 300 más o menos, cuando se repartieron las tierras , desde Don Artigas, mi familia tenía mil cuadras pero las sucesiones, las ventas…así que ,sabe Ud?...ahora quedo yo y una hermana, yo vengo todos los días pero no vivo aquí.

En los cuatro pares de ojos brilló el asombro , las bocas formaron sonrisas, muecas y recorrió mi espalda la certeza de que era tan natural para Don Piriz poseer un cerro que está publicado en Internet ,como sus gallinas, una palangana enlozada , o el rancho de adobe y paja de doscientos años más o menos, recostado en la casona familiar. El Cerro siempre estuvo allí, aún antes de nuestros aborígenes, nada más que 120 millones de años

Y emprendimos la subida.

No fue difícil, porque los cerros de acá son de plácidos, amodorrados, sin abruptas estridencias. Como si supieran por lo viejos , que nuestros viejos tienen derecho a contemplarlos, la naturaleza es sabia, y en esto como en todo no hace las cosas en vano.

Trepamos hasta la cima, nos reímos de nuestra ignorancia viendo las piedras de millones de años ganadas por la calcedonia, la calcita… creímos por un momento que la mano del hombre las había pintado con cal . No encontramos cuentas de collares, sólo rocas, ovejas que pastan mansas, las huellas de algún niño, y en varios lugares, grandes piedras apiladas, que tuvieron y tienen un sentido para estar así, y a su lado tallada en una roca enorme y plana, lo que fue quizá un mortero para moler granos y semillas. No vimos la gran cruz que dice la leyenda fue pintada con sangre de indios, estuvimos en el lugar que nuestros vecinos de la otra orilla del Uruguay y del plata, vienen a meditar , a llamar a extraterrestres , a acampar por las noches.

Los brazos extendidos en cruz, la luz del sol al atardecer , y la suave brisa del invierno casi primavera, reverentes me vieron llamar desde la sangre a mis antepasados…Sólo me acompañó en ese instante mágico el sonido poderoso aún de mis latidos citadinos.-

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